Triste ironía

lunes, 27 de julio de 2009 en 22:47
- Lo siento, Tom. - dijo Arleen en un tono medio quebrado y con ojos llorosos.

El muchacho sintió una pesadez enorme en su pecho al entender el significado de aquellas palabras. Todo sucedió en segundos y a la vez. Arleen se impulsó hacia atrás con sus brazos, sobre el pecho de Tom, y éste, sin fuerzas para seguir luchando, dejó caer los suyos a sus costados sin resistencia alguna. Intercambiaron una última mirada - la de él, llena de dolor; y la de ella, de puro perdón - antes de que Arleen se diera vuelta para correr. Las lágrimas corrían por su rostro y sus pasos eran medio torpes. Llegó al ascensor, ahora sólo tenía que verlo a él.
Drake golpeó el puño contra el escritorio.

- ¡Maldición! - el odio y la ira corrían por su ser, y la imagen de aquella mujer aparecía una y otra vez en su mente.

Escondió la cara en sus manos, pero aún así la seguía recordando, ya ni siquiera podía pensar tranquilo. Su mente le recordaba aquella nueva necesidad, que parecía más indispensable que respirar. Su presencia le había sido adictiva, qué rápido se había acostumbrado a ella, siempre tan cálida y alegre. Nunca había aprendido a depender de nadie, pero sin Arleen - el recordar su nombre le producía un nudo en el estómago y un dolor en el pecho, por lo que se hizo un bollo en la silla - parecía todo vacío y gris, nada le importaba realmente.

Una sonrisa de comprensión se dibujó en sus labios y se puso de pie. La solución era tan fácil... tomó su chaqueta. Su idea era brillante, poco original, pero parecía la única solución posible a estas alturas. Salió de su casa y cerró con llave. Se rió ante la última acción: ¿qué importaba que alguien entrara a su casa ahora? Bajó los cuatro escalones hasta la vereda y comenzó su camino hacia la izquierda. El anciano de la florería del frente lo saludó, él le respondió igual que siempre, sólo que esta vez una tristeza casi imperceptible se reflejaba en su sonrisa y mirada. Caminaba tranquilo, aún le quedaban unas cuantas cuadras que andar.

Unos cuantos minutos más tarde, un taxi estacionó frente a la puerta. Arleen sacó de su billetera dinero más que suficiente y se lo dio al chofer.

- Gracias, quédese con el cambio. - dijo mientras bajaba apurada.

El chofer la miró sorprendido durante un par de segundos y cuando terminó de bajar, puso el auto en marcha y se fue.

Arleen miró la puerta, inmóvil y tratando de reunir coraje. Caminó con paso decidido y golpeó la puerta dos veces. Esperó casi un minuto antes de golpear de nuevo. Por favor, por favor, rogaba ella en su interior.

- ¡Drake! Por favor abre... tengo que decirte algo. - golpeó otra vez la puerta y pegó el cuerpo a ella. - Si no quieres escucharme, está bien, pero necesito decírtelo igual. - no hubo respuesta del otro lado - Yo... yo... -

- Señorita - interrumpió alguien de voz ronca, para luego aclararse la garganta. - El muchacho que vive allí fue a dar un paseo. - Arleen se dio vuelta y vio que el anciano de la florería estaba escalera abajo, mirándola con gesto amable.

Ella lo observó un segundo.

- ¿Cómo dice? - se acercó al viejo - ¿A dónde fue? - exigió tratando de controlarse.

- Pues, la verdad es que no sé, pero se fue por allí - señaló la dirección por la que se había ido Drake - y por la cara triste que llevaba no creo que vuelva... pronto.

Los ojos de la chica se abrieron de par en par y comenzó a correr por dónde le había indicado el anciano, desesperada. Por allí estaba el puente, donde se habían conocido. Drake, ¿no irás a...?, ese pensamiento le dio una punzada en el corazón. Corrió más rápido.


El atardecer, glorioso momento del día. El recuerdo de cuando la conoció, de su apariencia y los momentos juntos inundaron sus pensamientos. Caminaba por el puente, sonriente, hundido en su propio cielo de memorias. Respiró profundamente, el aire parecía más ligero. Pero entonces, sus recuerdos llegaron al momento en el que ella cambió de parecer, cuando él la dejó ir, cuando su vida pasó del Paraíso al Infierno. Frunció el ceño, sus recuerdos ahora eran solitarios, con esos sentimientos de vacío, ansiedad y dolor. Sacudió su cabeza tratando de desterrar esos horribles pensamientos, tratando de volver a aquel cielo de memorias. Pero no pudo. Lágrimas salían de sus ojos, se puso de frente al río y se paró al borde del puente, sosteniéndose fuerte con sus brazos de las barras de metal. Los autos pasaban a su espalda. Un paso más lo sumiría en un dulce sueño... para siempre ya no sentiría dolor ni sufriría. El viento sopló con fuerza, sacando del bolsillo de su chaqueta una servilleta, que voló sobre el río. Era la misma que tenía el número de ella escrito. Tal vez, era una señal.

Arleen se sentía decaer, pero debía seguir corriendo. Llegó al imponente puente y lo vio allí, tan frágil y herido en su interior. Estaba a varios metros adelante, siguiendo algo con la vista. Giró la cabeza para ver de qué se trataba y se encontró con aquella servilleta. Comprendió las intenciones de Drake. ¡No!, gritó con horror en su mente.

- ¡No, Drake! ¡No lo hagas! ¡Por favor, escúchame! - al acercarse fue frenando.

Arleen paró a sólo un metro, con la respiración agitada, y se fue acercando despacio. Drake no escuchaba nada, y justo en ese momento dio el paso. Ya no podía soportar más ese dolor. Para él, fue como estirar el tiempo como chicle, hasta hacer que los segundos parecieran minutos. Su pie quedó suspendido en el aire un instante hasta que el resto de su cuerpo empezó a caer. Se giró de espaldas mientras caía y - como debe suceder - su cabeza fue hacia abajo. Miró el cielo por última vez, era hermoso en verdad. Ya no faltaría mucho cuando vio lo que menos esperaba, lo que más deseaba y lo más irónico que hubiera podido aparecer. Era ella, la dueña de su tormento y su corazón. Al parecer lo miraba horrorizada, suplicante. Drake siempre le hubiera dado todo, todo lo posible y más aún, pero ésta vez no podría. Ese último paso era irreversible y la decisión de ella fue hecha demasiado tarde. Lo hubiera dado todo por quedarse con ella, que ahora volvía, pero pagaría con su vida el amor que nunca le habían correspondido.



Eugenia Aranda