- Ya no recuerdo cómo es afuera, ni tampoco cómo son ellos. - respondió moqueando.
- Verás, debes ser valiente. El primer paso es siempre el más difícil, pero una vez dado, no te darás cuenta de lo rápido que volverá la felicidad.
- Pero, yo ya soy feliz, aquí. - contradijo.
- No, tú no eres feliz aquí. Tú eras feliz allí, ahora es el turno del "aquí", ¿no te parece?
- Pero, ¿cómo los veré a la cara? ¡¿cómo me verán ellos a mí?!
- Deberás recordarles que tú también puedes y quieres disfrutar de la vida, aquí, con ellos.
- Hacerme amigo del sol de nuevo, salir a estirar mis piernas... todo eso suena bien.
- Sentirás de nuevo la calidez del sol y esa caricia de miel que ocasiona la brisa junto a tu cabello.
La mano del niño tomó cautelosamente el frío picaporte plateado. Quedó inmóvil sopesando su siguiente acción, y por fin, abrió la puerta con un tímido movimiento. La luz inundó las cuatro paredes, y así como si pueda absorber la luz dentro de sí, inspiró hondamente. Entonces, recordó algo, miró hacia atrás, y aunque la expresión de ella mostraba que ya conocía lo que iba a decir, quiso verbalizar su pregunta:
- Si me voy ahora, ¿qué pasará con los otros?
- Verás, cielo, muy en el fondo ellos también lo comprenden. Estoy segura que ya vivirás más aventuras allí.
Dicho esto, el niño sonrió inmensamente y fue corriendo afuera con los brazos abiertos. Ella lo observó con una dulce nostalgia hasta que su figura se perdió en la luz.

