
I’m a satellite heart, lost in the dark. But I'll be true to you no matter what you do.
Afuera la lluvia era pesada y ruidosa, relámpagos y truenos acompañaban la luna y estrellas de esa noche. El lujoso escritorio, adornado elegantemente y compuesto de la más fina mueblería, era alumbrado por la tímida luz de la luna, a través del gran ventanal, que reflejaba las sombras de las gotas que chocaban y resbalaban contra el vidrio. Sebastian se encontraba con las manos apoyadas en el marco de la ventana, con la vista clavada en el ventoso paisaje del exterior. Marrones y más oscuros que nunca, sus ojos no miraban, sólo estaban abiertos por costumbre. Lo que realmente visualizaba eran las distintas posibilidades de una solución. Su cuerpo temblaba de frustración, preocupación y tristeza. “¿Qué hacer?”, se preguntaba gritando en sus pensamientos una y otra vez. Melody, en el medio de la gran habitación, estaba sentada en el sillón donde el la había colocado. Su gesto era vacío, tenía las manos tomadas entre sí sobre sus piernas, mirando con sus hermosos y grandes ojos azules al chico, que le daba la espalda. “Pobre, yo le dije que era mejor que terminara de una vez.”, y al mismo tiempo que ese pensamiento corría en ella, un leve suspiró salió de sus labios rojos. Sin embargo, su cabeza seguía en ese sopor en el que había estado durante meses. Su piel blanquecina casi parecía nieve, excepto por las grandes y violáceas ojeras debajo de sus ojos. Su pelo de bucles negro, caía sobre sus hombros y destacaba más la rara palidez que lucía su rostro esa noche. La perfecta muñeca de porcelana. Una fuerte inspiración de Sebastian rompió aquel silencio sepulcral, quien con rápidos y bruscos movimientos, se dio vuelta para ir, con pisadas que parecían hacer temblar el piso de lustrada madera, y posar sus manos en los posabrazos del sillón donde estaba Melody, dejando sus rostros a unos escasos centímetros de distancia y mirándola derecho a sus ojos con gesto decidido. Parecía haber encontrado las palabras justas, tal vez esto la reviviría un poco. A ella no se movió ni un solo milímetro, mantuvo su mirada cercana con el mismo gesto vacío.
- ¿Por qué? – fue lo único que salió de la boca del muchacho.
Las cejas de la chica se levantaron y pestañeó sorprendida. No era lo que ella esperaba, a decir verdad pensaba que debería escucharlo hablar durante horas y horas seguidas sin parar.
Durante un par de minutos, se mantuvieron así los dos, sin moverse de sus posiciones y alertas para ver el siguiente movimiento del otro. El pensó en tocar su rostro, sus labios, tan cerca… tan real. Ella pensó en hablarle, tan sincera y abiertamente como pudiera. Tomó aire profundamente y abrió sus labios apenas. El sonido estaba por salir de su garganta, pero al cabo de un segundo sólo salió aire de un suspiro. Melody corrió su cabeza hacia un costado y quedó otra vez tan inmóvil como hacía unos minutos. Y Sebastian, se enderezó y alejó de la silla.
- Te dejaré un rato para que pienses una respuesta. Por favor ten el decoro de tener una a mi regreso. – se dirigió a la puerta para salir al pasillo, que se encontraba a espaldas de Melody, y al pasar al lado de ella rozó con su mano su rostro y cabello.
Ella se sobresaltó por su tacto. No porque fuera desagradable, no porque no lo mereciera, sino porque era agradable sentir una mano cálida que buscaba su persona.
“Así que una respuesta”, pensó. Reflexionó su vida durante los últimos meses. El primer escenario era hermoso… para luego hundirse en las ensombrecidas tardes de llanto en su casa. Dobló su torso e incrustó su rostro en su falda, sus brazos se entrelazaron alrededor de sus piernas. Pasó así alrededor de quince minutos. De pronto, un trueno la sobresaltó, y el fuerte viento hizo ceder la cerradura de la imponente ventana, dejando que las gotas pasaran y salpicaran toda la habitación. Miró unos instantes la amenazante ventana, se levantó de un salto y fue corriendo hacia ella. Melody se sentía viva una vez más. Saltó el marco de la ventana y cayó sobre el empapado largo pasto. La humedad hizo que se resbalara y rodara en ese caldo de barro y pasto. Con la blusa y pollera blanca - ahora marrones y pegoteadas de verde - corrió como una niña por el prado. Veloz, con el viento y el agua sobre ella, recorrió todo el camino hasta la arboleda. Pasó por aquel gran árbol, el más alto y fuerte de todos, y se detuvo a contemplar las ramas donde alguna vez había obtenido felicidad, aún seguía la hamaca colgando de ellas. Deseaba tocarlo, sentir que fue real. Se acercó y apoyó su mano embarrada sobre la rugosa corteza.
Sebastian estaba en el pasillo, dándole instrucciones al ama de llaves sobre cómo tratar a Melody.
- Entonces, Sra. Monroe, cuento con ud. – le dirigió una mirada muy seria a la mujer.
- Por supuesto, no haré nada que la altere. – contestó con la misma seriedad.
Mientras ponía su mano sobre el picaporte de la puerta, contempló una vez más a la Sra. Monroe para asegurarse de que todo estaba en orden. Ella le asintió, entonces el se tranquilizó y abrió la puerta. La tranquilidad recién conseguida se hizo añico segundos luego de entender lo que pasaba.
- ¡¿Pero qué pasó aquí?! – dijo alborotado, mientras recorría con sus manos el borde del respaldo de la silla.
La Sra. Monroe apoyó la bandeja con las tazas de fina porcelana en una de las mesas y al cabo de diez segundos se encontraba de nuevo en la puerta de la habitación sosteniendo el abrigo de Sebastian.
- Póngase esto antes de ir a buscarla. – dijo con voz alterada.
Pero a lo único que le estaba hablando era a la figura del muchacho que se veía corriendo varios metros delante.
Sentía frío y calor. Preocupación y miedo. Agua por fuera, fuego por dentro. Debía y quería encontrarla. Sebastian corrió siguiendo las pisadas y resbalones que había dejado Melody sobre el pasto. Seguramente debía estar allí. Sí, no podía ser otro lugar. Por fin divisó el gran árbol que buscaba y se fue deteniendo paulatinamente al acercarse. La comenzó a llamar. Una, dos, tres veces. Nada. Se sentó sobre la raíz que sobresalía del suelo y allí se quedó con la cabeza apoyada contra el tronco, pensando. Desde su puesto, Sebastian vio cómo una figura bajó del extremo de una de las ramas y se acercó despacio a el. Era Melody, seguía con la ausencia de emociones en su rostro, pero al menos ya se movía.
Lo podía sentir, era lo que deseaba. Lo quería sentir, era lo que buscaba. Se veía incomprendido y desprotegido allí debajo del sucio árbol con la lluvia sobre él. Se le acercó y le tendío la mano. Lo vio dudar y cambiar de expresiones, que iban de la confusion a la felicidad. Finalmente, tomó su mano. Ambos sonrieron.
- Por tí. – ella dio su respuesta y la completó con un beso que fue correspondido.
Y así, fue como la peor noche de Sebastian se convirtió en realidad todo lo que nunca supo que había deseado.
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Este cuento con final feliz va a pedido de una de mis mejores amigas. No sé qué decirte Anto que no te haya dicho ya. Te quiero muchísimo y espero que te guste. :')con mucho mucho cariño,
Eugenia Aranda