Muñeca de Porcelana (final alternativo)

domingo, 20 de diciembre de 2009 en 22:52

Espero que me perdones Anto, no puedo con mi estilo depresivo al escribir jaja. Este es una version alternativa, pero que conste que la original es la feliz. (?

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I’m a satellite heart, lost in the dark. But I'll be true to you no matter what you do.


Afuera la lluvia era pesada y ruidosa, relámpagos y truenos acompañaban la luna y estrellas de esa noche. El lujoso escritorio, adornado elegantemente y compuesto de la más fina mueblería, era alumbrado por la tímida luz de la luna, a través del gran ventanal, que reflejaba las sombras de las gotas que chocaban y resbalaban contra el vidrio. Sebastian se encontraba con las manos apoyadas en el marco de la ventana, con la vista clavada en el ventoso paisaje del exterior. Marrones y más oscuros que nunca, sus ojos no miraban, sólo estaban abiertos por costumbre. Lo que realmente visualizaba eran las distintas posibilidades de una solución. Su cuerpo temblaba de frustración, preocupación y tristeza. “¿Qué hacer?”, se preguntaba gritando en sus pensamientos una y otra vez. Melody, en el medio de la gran habitación, estaba sentada en el sillón donde el la había colocado. Su gesto era vacío, tenía las manos tomadas entre sí sobre sus piernas, mirando con sus hermosos y grandes ojos azules al chico, que le daba la espalda. “Pobre, yo le dije que era mejor que terminara de una vez.”, y al mismo tiempo que ese pensamiento corría en ella, un leve suspiró salió de sus labios rojos. Sin embargo, su cabeza seguía en ese sopor en el que había estado durante meses. Su piel blanquecina casi parecía nieve, excepto por las grandes y violáceas ojeras debajo de sus ojos. Su pelo de bucles negro, caía sobre sus hombros y destacaba más la rara palidez que lucía su rostro esa noche. Una fuerte inspiración de Sebastian rompió aquel silencio sepulcral, quien con rápidos y bruscos movimientos, se dio vuelta para ir, con pisadas que parecían hacer temblar el piso de lustrada madera, y posar sus manos en los posabrazos del sillón donde estaba Melody, dejando sus rostros a unos escasos centímetros de distancia y mirándola derecho a sus ojos con gesto decidido. Parecía haber encontrado las palabras justas, tal vez esto la reviviría un poco. A ella no se movió ni un solo milímetro, mantuvo su mirada cercana con el mismo gesto vacío.

- ¿Por qué? – fue lo único que salió de la boca del muchacho.

Las cejas de la chica se levantaron y pestañeó sorprendida. No era lo que ella esperaba, a decir verdad pensaba que debería escucharlo hablar durante horas y horas seguidas sin parar.

Durante un par de minutos, se mantuvieron así los dos, sin moverse de sus posiciones y alertas para ver el siguiente movimiento del otro. El pensó en tocar su rostro, sus labios, tan cerca… tan real. Ella pensó en hablarle, tan sincera y abiertamente como pudiera. Tomó aire profundamente y abrió sus labios apenas. El sonido estaba por salir de su garganta, pero al cabo de un segundo sólo salió aire de un suspiro. Melody corrió su cabeza hacia un costado y quedó otra vez tan inmóvil como hacía unos minutos. Y Sebastian, se enderezó y alejó de la silla.

- Te dejaré un rato para que pienses una respuesta. Por favor ten el decoro de tener una a mi regreso. – se dirigió a la puerta para salir al pasillo, que se encontraba a espaldas de Melody, y al pasar al lado de ella rozó con su mano su rostro y cabello.

Ella se sobresaltó por su tacto. No porque fuera desagradable, no porque no lo mereciera, sino porque era agradable sentir una mano cálida que buscaba su persona.

“Así que una respuesta”, pensó. Reflexionó su vida durante los últimos meses. El primer escenario era hermoso… para luego hundirse en las ensombrecidas tardes de llanto en su casa. Dobló su torso e incrustó su rostro en su falda, sus brazos se entrelazaron alrededor de sus piernas. Pasó así alrededor de quince minutos. De pronto, un trueno la sobresaltó, y el fuerte viento hizo ceder la cerradura de la imponente ventana, dejando que las gotas pasaran y salpicaran toda la habitación. Miró unos instantes la amenazante ventana, comprendió todo. Sacó de su bolso – apoyado en una mesa a su costado – maquillaje y una pequeña botella con un aroma exótico. Ordenó todo y fue tomando cada producto para embellecer una por una las zonas de su rostro.

Sebastian se encontraba en la cocina, se encontraba de espaldas a la mesada y con sus manos apoyadas sobre ésta.

- Ya no sé qué hacer Sra. Monroe, lo he intentado todo. – su voz salió casi desgarrada en la última palabra.

- Bueno, bueno. – la anciana palmeó el hombro del muchacho suavemente y se dispuso a sacar la pava de la hornalla – No hay nada mejor para calentar al corazón que un té.

Sebastian forzó una sonrisa.

- Pásame la bandeja, por favor. – le pidió la anciana.

Sebastian le dio en mano la hermosa bandeja de plata. Mientras caminaban hacia el cuarto donde se encontraba su persona más amada, le repetía una y otra vez consejos de cómo actuar a la Sra Monroe.

- Déjele la bandeja con movimientos suaves y lentos. Salúdela amablemente…

- Sé cómo está su situación desde hace unos meses, no se preocupe. – interrumpió la Sra. Monroe.

- Entonces, Sra. Monroe, cuento con usted. – le dirigió una mirada muy seria a la mujer.

- Por supuesto, no haré nada que la altere. – contestó con la misma seriedad.

Mientras ponía su mano sobre el picaporte de la puerta, contempló una vez más a la Sra. Monroe para asegurarse de que todo estaba en orden. Ella le asintió, entonces el se tranquilizó y abrió la puerta. La Señora Monroe cumplió con lo dicho: saludó amablemente y con movimientos sumamente premeditados dejó la bandeja sin producir sonido. Cerró la puerta al irse. Sebastian se quedó observando el dulce rostro de Melody. Parecía un ángel en paz, hasta tenía sus comisuras levemente elevadas. Notó que había retocado su maquillaje, y hasta su botella de perfume había sido usada. La botella descansaba sobre la falda de la chica. Se agachó a su lado y le tomó las manos. La tranquilidad recién conseguida se hizo añico segundos luego de entender lo que pasaba. La temperatura de Melody era muy baja. Comprobó su pulso. Nada. Ésta vez se había alejado de el, se había ido a un lugar donde no podía seguirla. Lágrimas comenzaron a crearse en sus ojos. Entonces comprendió que la maldita botella no contenía perfume.

La Sra. Monroe – de vuelta en la cocina - se sbresaltó al escuchar un fuerte golpe metálico y un ruido de algo quebrándose contra el suelo. Se apresuró, corriendo al cuarto donde había dejado a Sebastian. Al abrir la puerta, se encontró al pobre hombre agonizando, sentado en el suelo al lado de su amada. Había pedazos de vidrio desparramados alrededor de el. La energía de Sebastian alcanzó para erguir su cabeza una última vez, mirando a la anciana, y sonreír.

- Por fin todos estaremos bien. – dicho esto, el muchacho apoyó su cabeza sobre las piernas de Melody.

La muñeca de porcelana nunca había sido más hermosa y fría. Inmóvil e inalterable, pero con un alma hecha pedazos.





Eugenia Aranda

Muñeca de Porcelana.

en 22:31



I’m a satellite heart, lost in the dark. But I'll be true to you no matter what you do.


Afuera la lluvia era pesada y ruidosa, relámpagos y truenos acompañaban la luna y estrellas de esa noche. El lujoso escritorio, adornado elegantemente y compuesto de la más fina mueblería, era alumbrado por la tímida luz de la luna, a través del gran ventanal, que reflejaba las sombras de las gotas que chocaban y resbalaban contra el vidrio. Sebastian se encontraba con las manos apoyadas en el marco de la ventana, con la vista clavada en el ventoso paisaje del exterior. Marrones y más oscuros que nunca, sus ojos no miraban, sólo estaban abiertos por costumbre. Lo que realmente visualizaba eran las distintas posibilidades de una solución. Su cuerpo temblaba de frustración, preocupación y tristeza. “¿Qué hacer?”, se preguntaba gritando en sus pensamientos una y otra vez. Melody, en el medio de la gran habitación, estaba sentada en el sillón donde el la había colocado. Su gesto era vacío, tenía las manos tomadas entre sí sobre sus piernas, mirando con sus hermosos y grandes ojos azules al chico, que le daba la espalda. “Pobre, yo le dije que era mejor que terminara de una vez.”, y al mismo tiempo que ese pensamiento corría en ella, un leve suspiró salió de sus labios rojos. Sin embargo, su cabeza seguía en ese sopor en el que había estado durante meses. Su piel blanquecina casi parecía nieve, excepto por las grandes y violáceas ojeras debajo de sus ojos. Su pelo de bucles negro, caía sobre sus hombros y destacaba más la rara palidez que lucía su rostro esa noche. La perfecta muñeca de porcelana. Una fuerte inspiración de Sebastian rompió aquel silencio sepulcral, quien con rápidos y bruscos movimientos, se dio vuelta para ir, con pisadas que parecían hacer temblar el piso de lustrada madera, y posar sus manos en los posabrazos del sillón donde estaba Melody, dejando sus rostros a unos escasos centímetros de distancia y mirándola derecho a sus ojos con gesto decidido. Parecía haber encontrado las palabras justas, tal vez esto la reviviría un poco. A ella no se movió ni un solo milímetro, mantuvo su mirada cercana con el mismo gesto vacío.

- ¿Por qué? – fue lo único que salió de la boca del muchacho.

Las cejas de la chica se levantaron y pestañeó sorprendida. No era lo que ella esperaba, a decir verdad pensaba que debería escucharlo hablar durante horas y horas seguidas sin parar.

Durante un par de minutos, se mantuvieron así los dos, sin moverse de sus posiciones y alertas para ver el siguiente movimiento del otro. El pensó en tocar su rostro, sus labios, tan cerca… tan real. Ella pensó en hablarle, tan sincera y abiertamente como pudiera. Tomó aire profundamente y abrió sus labios apenas. El sonido estaba por salir de su garganta, pero al cabo de un segundo sólo salió aire de un suspiro. Melody corrió su cabeza hacia un costado y quedó otra vez tan inmóvil como hacía unos minutos. Y Sebastian, se enderezó y alejó de la silla.

- Te dejaré un rato para que pienses una respuesta. Por favor ten el decoro de tener una a mi regreso. – se dirigió a la puerta para salir al pasillo, que se encontraba a espaldas de Melody, y al pasar al lado de ella rozó con su mano su rostro y cabello.

Ella se sobresaltó por su tacto. No porque fuera desagradable, no porque no lo mereciera, sino porque era agradable sentir una mano cálida que buscaba su persona.

“Así que una respuesta”, pensó. Reflexionó su vida durante los últimos meses. El primer escenario era hermoso… para luego hundirse en las ensombrecidas tardes de llanto en su casa. Dobló su torso e incrustó su rostro en su falda, sus brazos se entrelazaron alrededor de sus piernas. Pasó así alrededor de quince minutos. De pronto, un trueno la sobresaltó, y el fuerte viento hizo ceder la cerradura de la imponente ventana, dejando que las gotas pasaran y salpicaran toda la habitación. Miró unos instantes la amenazante ventana, se levantó de un salto y fue corriendo hacia ella. Melody se sentía viva una vez más. Saltó el marco de la ventana y cayó sobre el empapado largo pasto. La humedad hizo que se resbalara y rodara en ese caldo de barro y pasto. Con la blusa y pollera blanca - ahora marrones y pegoteadas de verde - corrió como una niña por el prado. Veloz, con el viento y el agua sobre ella, recorrió todo el camino hasta la arboleda. Pasó por aquel gran árbol, el más alto y fuerte de todos, y se detuvo a contemplar las ramas donde alguna vez había obtenido felicidad, aún seguía la hamaca colgando de ellas. Deseaba tocarlo, sentir que fue real. Se acercó y apoyó su mano embarrada sobre la rugosa corteza.

Sebastian estaba en el pasillo, dándole instrucciones al ama de llaves sobre cómo tratar a Melody.

- Entonces, Sra. Monroe, cuento con ud. – le dirigió una mirada muy seria a la mujer.

- Por supuesto, no haré nada que la altere. – contestó con la misma seriedad.

Mientras ponía su mano sobre el picaporte de la puerta, contempló una vez más a la Sra. Monroe para asegurarse de que todo estaba en orden. Ella le asintió, entonces el se tranquilizó y abrió la puerta. La tranquilidad recién conseguida se hizo añico segundos luego de entender lo que pasaba.

- ¡¿Pero qué pasó aquí?! – dijo alborotado, mientras recorría con sus manos el borde del respaldo de la silla.

La Sra. Monroe apoyó la bandeja con las tazas de fina porcelana en una de las mesas y al cabo de diez segundos se encontraba de nuevo en la puerta de la habitación sosteniendo el abrigo de Sebastian.

- Póngase esto antes de ir a buscarla. – dijo con voz alterada.

Pero a lo único que le estaba hablando era a la figura del muchacho que se veía corriendo varios metros delante.

Sentía frío y calor. Preocupación y miedo. Agua por fuera, fuego por dentro. Debía y quería encontrarla. Sebastian corrió siguiendo las pisadas y resbalones que había dejado Melody sobre el pasto. Seguramente debía estar allí. Sí, no podía ser otro lugar. Por fin divisó el gran árbol que buscaba y se fue deteniendo paulatinamente al acercarse. La comenzó a llamar. Una, dos, tres veces. Nada. Se sentó sobre la raíz que sobresalía del suelo y allí se quedó con la cabeza apoyada contra el tronco, pensando. Desde su puesto, Sebastian vio cómo una figura bajó del extremo de una de las ramas y se acercó despacio a el. Era Melody, seguía con la ausencia de emociones en su rostro, pero al menos ya se movía.

Lo podía sentir, era lo que deseaba. Lo quería sentir, era lo que buscaba. Se veía incomprendido y desprotegido allí debajo del sucio árbol con la lluvia sobre él. Se le acercó y le tendío la mano. Lo vio dudar y cambiar de expresiones, que iban de la confusion a la felicidad. Finalmente, tomó su mano. Ambos sonrieron.

- Por tí. – ella dio su respuesta y la completó con un beso que fue correspondido.

Y así, fue como la peor noche de Sebastian se convirtió en realidad todo lo que nunca supo que había deseado.




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Este cuento con final feliz va a pedido de una de mis mejores amigas. No sé qué decirte Anto que no te haya dicho ya. Te quiero muchísimo y espero que te guste. :')

con mucho mucho cariño,
Eugenia Aranda

Inspirada en Possibility de Lykke Li

martes, 24 de noviembre de 2009 en 15:06
Y la luz se esfumó… estaba todo callado y oscuro. Había algo en aquella dañina oscuridad que aplastaba sus párpados en algún lugar del mundo físico, obligándolo a quedarse allí, en ese lugar tan poco apetecible.
“¿Cuándo será el tiempo de volver?”, se preguntaba el anciano. Sus pensamientos eran como una especie de ondas invisibles, pero materiales, casi parecía que se los podía tocar mentalmente. Seguía sin haber rastro de luminiscencia, aunque, se escuchaba un tum-tum en la lejanía. Como el ritmo del tic-tac del reloj. Tum-tum, se iba acrecentando en volumen de a poco. Primero, como si estuviera al lado, como si pudiera rozar con la mano el origen de ese sonido, hasta luego como si se encontrara en su interior y fuera una bomba a punto de estallar. Lo aturdía, estaba en todos lados.

TUM-TUM, TUM-TUM, TUM-TUM.

Silencio. Luz.

Estiró su mano, o eso sintió que hacía y tuvo la sensación de liviandad. Entonces, se encontró en un lugar nuevo, hermoso, paradisíaco. Un sitio que ni en sus sueños hubiera imaginado.

- Comprendo. – dijo con voz rasposa, característica de la edad, y sonriendo divertido de su propia derrota. – Esta vez, me has ganado.

De la gran puerta metálica, salió un hombre con bata, guantes, gorro y mascarilla. Si a Amy no le hubieran enseñado desde sus primeros añitos que los doctores, a pesar de parecer aterradores, ayudaban a la salud de la gente, la niña de cinco años hubiera salido corriendo. Su padre se paró para hablar con el recién llegado a unos metros de distancia, mientras su madre la abrazaba sentada a un lado de ella. Sus grandes ojos verdosos buscaban bien abiertos algún indicio de lo que estaba pasando, pero entonces, en su cabeza sintió algo húmedo. Levantó la vista, donde encontró a su madre mirando lastimosamente a su esposo, con lágrimas escurriéndose por todo su rostro. Esta se percató de que la observaban, e intentó tranquilizar a la pequeña frotando su cabeza con sus suaves y cálidas manos.

- Lo siento, hicimos todo lo que pudimos. – dijo el señor de la bata.

Y por primera vez, Amy vio cómo su padre se quedaba sin palabras, apoyándose contra la pared y escondiendo su cabeza entre las manos. Su madre se alejó de su lado, para consolarlo a el, que ya estaba resbalando lentamente al suelo, acurrucado en la esquina y llorando como un bebé en el hombro de su madre. Lentamente, una tímida lágrima cayó de su ojito.



Eugenia Aranda

Come here dear boy ♥

lunes, 7 de septiembre de 2009 en 22:03
I never think I could fall in love with you,
I used to think I was complete.
But today, when I saw your face,
You made me feel like I’ve never felt.

‘Cause I’m in love with you!

Come here dear boy,
Take my hand and let’s walk together.
Come to see the sun smiling for us.
I wanna be with you everyday of my life.

I don’t mind what others could say,
‘Cause everytime I see you, I get lost in your eyes.
You makes me feel so alive.
And I can’t take you off of my mind.

‘Cause I’m in love with you!

Come here dear boy,
Take my hand and let’s walk together.
Come to see the sun smiling for us.
I want to spend with you everyday of my life.

I know love is beautiful, but I just feel so bad.
‘Cause I don’t know if you love me or if I’m wasting my time.

Tell me if you love me, tell me, tell me…
Tell me if you love me, tell me, tell me…
Tell me if you love me, tell me, tell me…
Tell me if you love me…

‘Cause I’m in love with you!

Come here dear boy,
Take my hand and let’s walk together.
Come to see the sun smiling for us.
I wanna be with you everyday of my life.

Come here dear boy,
Take my hand and let’s walk together.
Come to see the sun smiling for us.
I wanna be with you, I want to spend with you, everyday of my life.




Eugenia Aranda

PD: Sepan disculpar si hay algún error de ortografía o redacción.

Frágiles sueños de cristal (poesía)

martes, 1 de septiembre de 2009 en 22:23
Los sueños.


Sí, ellos pueden hacerte volar.


Pero ten cuidado,


Porque las alas que te dan


Son tan delgadas como pétalos de rosa,


Tan delicadas como las de una mariposa.




Los sueños te ayudan


A descubrir tus anhelos,


A desenterrar verdades,


A animarte a seguir en el juego.



Pero recuerda que también pueden ser crueles.

Asustándote,

Creando pesadillas

Donde todo lo bueno muere.

Eugenia Aranda

Diamante partido

en 16:58

Hicieron un acuerdo de encontrarse al otro día,
Bajo las estrellas, luego de pasado el día.
Se buscaron con los ojos y se encontraron a la misma vez.

Tanto tiempo esperado.
Hubo tacto entre sus manos
Sus brazos, sus labios

Una lágrima rodó sobre su mejilla
Y el la fue a consolar.
‘Yo te amo, no me dejes.’
‘Ya no puedo, ya no más’

Luego un ruido de arranque
Y una puerta se cerró.
Era una despedida,
El eterno adiós.

Se le congeló tanto el corazón
Que sintió que se le salía.
Convirtiéndose en diamante,
Que pronto se partiría.




Eugenia Aranda

Triste ironía

lunes, 27 de julio de 2009 en 22:47
- Lo siento, Tom. - dijo Arleen en un tono medio quebrado y con ojos llorosos.

El muchacho sintió una pesadez enorme en su pecho al entender el significado de aquellas palabras. Todo sucedió en segundos y a la vez. Arleen se impulsó hacia atrás con sus brazos, sobre el pecho de Tom, y éste, sin fuerzas para seguir luchando, dejó caer los suyos a sus costados sin resistencia alguna. Intercambiaron una última mirada - la de él, llena de dolor; y la de ella, de puro perdón - antes de que Arleen se diera vuelta para correr. Las lágrimas corrían por su rostro y sus pasos eran medio torpes. Llegó al ascensor, ahora sólo tenía que verlo a él.
Drake golpeó el puño contra el escritorio.

- ¡Maldición! - el odio y la ira corrían por su ser, y la imagen de aquella mujer aparecía una y otra vez en su mente.

Escondió la cara en sus manos, pero aún así la seguía recordando, ya ni siquiera podía pensar tranquilo. Su mente le recordaba aquella nueva necesidad, que parecía más indispensable que respirar. Su presencia le había sido adictiva, qué rápido se había acostumbrado a ella, siempre tan cálida y alegre. Nunca había aprendido a depender de nadie, pero sin Arleen - el recordar su nombre le producía un nudo en el estómago y un dolor en el pecho, por lo que se hizo un bollo en la silla - parecía todo vacío y gris, nada le importaba realmente.

Una sonrisa de comprensión se dibujó en sus labios y se puso de pie. La solución era tan fácil... tomó su chaqueta. Su idea era brillante, poco original, pero parecía la única solución posible a estas alturas. Salió de su casa y cerró con llave. Se rió ante la última acción: ¿qué importaba que alguien entrara a su casa ahora? Bajó los cuatro escalones hasta la vereda y comenzó su camino hacia la izquierda. El anciano de la florería del frente lo saludó, él le respondió igual que siempre, sólo que esta vez una tristeza casi imperceptible se reflejaba en su sonrisa y mirada. Caminaba tranquilo, aún le quedaban unas cuantas cuadras que andar.

Unos cuantos minutos más tarde, un taxi estacionó frente a la puerta. Arleen sacó de su billetera dinero más que suficiente y se lo dio al chofer.

- Gracias, quédese con el cambio. - dijo mientras bajaba apurada.

El chofer la miró sorprendido durante un par de segundos y cuando terminó de bajar, puso el auto en marcha y se fue.

Arleen miró la puerta, inmóvil y tratando de reunir coraje. Caminó con paso decidido y golpeó la puerta dos veces. Esperó casi un minuto antes de golpear de nuevo. Por favor, por favor, rogaba ella en su interior.

- ¡Drake! Por favor abre... tengo que decirte algo. - golpeó otra vez la puerta y pegó el cuerpo a ella. - Si no quieres escucharme, está bien, pero necesito decírtelo igual. - no hubo respuesta del otro lado - Yo... yo... -

- Señorita - interrumpió alguien de voz ronca, para luego aclararse la garganta. - El muchacho que vive allí fue a dar un paseo. - Arleen se dio vuelta y vio que el anciano de la florería estaba escalera abajo, mirándola con gesto amable.

Ella lo observó un segundo.

- ¿Cómo dice? - se acercó al viejo - ¿A dónde fue? - exigió tratando de controlarse.

- Pues, la verdad es que no sé, pero se fue por allí - señaló la dirección por la que se había ido Drake - y por la cara triste que llevaba no creo que vuelva... pronto.

Los ojos de la chica se abrieron de par en par y comenzó a correr por dónde le había indicado el anciano, desesperada. Por allí estaba el puente, donde se habían conocido. Drake, ¿no irás a...?, ese pensamiento le dio una punzada en el corazón. Corrió más rápido.


El atardecer, glorioso momento del día. El recuerdo de cuando la conoció, de su apariencia y los momentos juntos inundaron sus pensamientos. Caminaba por el puente, sonriente, hundido en su propio cielo de memorias. Respiró profundamente, el aire parecía más ligero. Pero entonces, sus recuerdos llegaron al momento en el que ella cambió de parecer, cuando él la dejó ir, cuando su vida pasó del Paraíso al Infierno. Frunció el ceño, sus recuerdos ahora eran solitarios, con esos sentimientos de vacío, ansiedad y dolor. Sacudió su cabeza tratando de desterrar esos horribles pensamientos, tratando de volver a aquel cielo de memorias. Pero no pudo. Lágrimas salían de sus ojos, se puso de frente al río y se paró al borde del puente, sosteniéndose fuerte con sus brazos de las barras de metal. Los autos pasaban a su espalda. Un paso más lo sumiría en un dulce sueño... para siempre ya no sentiría dolor ni sufriría. El viento sopló con fuerza, sacando del bolsillo de su chaqueta una servilleta, que voló sobre el río. Era la misma que tenía el número de ella escrito. Tal vez, era una señal.

Arleen se sentía decaer, pero debía seguir corriendo. Llegó al imponente puente y lo vio allí, tan frágil y herido en su interior. Estaba a varios metros adelante, siguiendo algo con la vista. Giró la cabeza para ver de qué se trataba y se encontró con aquella servilleta. Comprendió las intenciones de Drake. ¡No!, gritó con horror en su mente.

- ¡No, Drake! ¡No lo hagas! ¡Por favor, escúchame! - al acercarse fue frenando.

Arleen paró a sólo un metro, con la respiración agitada, y se fue acercando despacio. Drake no escuchaba nada, y justo en ese momento dio el paso. Ya no podía soportar más ese dolor. Para él, fue como estirar el tiempo como chicle, hasta hacer que los segundos parecieran minutos. Su pie quedó suspendido en el aire un instante hasta que el resto de su cuerpo empezó a caer. Se giró de espaldas mientras caía y - como debe suceder - su cabeza fue hacia abajo. Miró el cielo por última vez, era hermoso en verdad. Ya no faltaría mucho cuando vio lo que menos esperaba, lo que más deseaba y lo más irónico que hubiera podido aparecer. Era ella, la dueña de su tormento y su corazón. Al parecer lo miraba horrorizada, suplicante. Drake siempre le hubiera dado todo, todo lo posible y más aún, pero ésta vez no podría. Ese último paso era irreversible y la decisión de ella fue hecha demasiado tarde. Lo hubiera dado todo por quedarse con ella, que ahora volvía, pero pagaría con su vida el amor que nunca le habían correspondido.



Eugenia Aranda